LA MÚSICA, ESE ARTE QUE NACE Y MUERE EN EL SILENCIO.

Portada de Farkas

 

 

 

“Donde quiera que estemos, lo que oímos es fundamentalmente ruido… Cuando lo ignoramos nos perturba. Cuando lo escuchamos nos resulta fascinante.”

                                                             (John Cage)

 

El término silencio, como multitud de palabras de nuestro vocabulario, proviene del latín silere que significa: callar, estar callado.

Pero… para el ser humano, ¿existe el silencio absoluto?. Al parecer no, al menos eso fue lo que le demostraron al compositor americano autor de la cita que encabeza este asunto que por cierto, estaba muy interesado en este tema. En la Universidad de Harvard tuvo lugar la demostración y para ello, lo metieron en una cámara totalmente aislada sin reverberación y que se suele usar para experimentos relacionados con la acústica. Cage observó que escuchaba en esa cámara, un pitido agudo y un zumbido grave. Le explicaron entonces que el pitido agudo era el sonido que provocaba su tensión nerviosa y el grave el de su circulación sanguínea. Llegó al convencimiento que el silencio absoluto no existe para los humanos y que éste es sinónimo de inmovilidad y de muerte.

Pero… todos sabemos que sí existen los silencios “relativos”, a partir de ahora, a ellos me referiré. Silencio y Música (sonidos) son dos conceptos de los muchos que existen en la vida que en una primera lectura parecen antagónicos pero en el fondo son complementarios como les ocurre a los de memoria y olvido entre otros. Para cualquier música, el silencio (ausencia de sonidos) es tan importante, a veces incluso más, que el sonido de las notas musicales. El silencio posee un enorme valor expresivo, tanto en la melodía como en la polifonía, en la música instrumental como en la vocal; esa pausa sonora (que llaman los alemanes) nos atrae, nos llama la atención, nos inquieta y nos aproxima más al discurso sonoro.

¡Qué gran paradoja musical!, el sonido y su inevitabilidad, no podemos dejar de oír, y sin embargo uno de los más importantes elementos de los que dan significado al uso de los sonidos es su ausencia (el silencio).

La Música, necesita del silencio por partida doble, me explico: por una parte lo necesita como materia prima tan importante como los sonidos y precisamente por esto, llegó el momento que el silencio adquirió el mismo protagonismo que las figuras musicales que dan nombre a la duración de los sonidos y de este modo, tenemos: silencio de cuadrada, redonda, blanca, negra, corchea, semicorchea, fusa y semifusa. Pero la Música también lo necesita desde el punto de vista del marco de su expresión como Arte que es y en este sentido lo requiere: Antes, Durante y Después de la interpretación musical lo mismo que una escultura necesita de un espacio por citar otro ejemplo obvio.

Es esencial por tanto el uso del silencio en la música; un descanso en una sucesión de sonidos es agradable y un momento de silencio tras un acorde musical de tensión, es increíblemente bello. Esto que afirmo, lo sabía a la perfección el genio Beethoven y lo manejó con un arte asombroso a lo largo de su extraordinaria carrera como compositor. Un ejemplo lo encontraremos en su famosa Novena Sinfonía, en la archiconocida parte coral del último movimiento, la sucesión de melodías así como el camino que sigue el maravilloso poema de Schiller, nos lleva a un momento culminante: se trata de un acorde monumental en el que la orquesta y el coro al unísono, emiten la palabra “Gott” (Dios). Pero, no es el acorde lo que nos produce la increíble sensación de arrobamiento estético así como de poder que nos transmite Beethoven. Probablemente, ese acorde no sería nada si al momento, se produjera una resolución del mismo o sea, una relajación tras la tensión.

Beethoven, gran conocedor de la psicología humana, sabía perfectamente que lo que más podía “tocar” el corazón de los hombres era precisamente el silencio y ese gran silencio después del gran acorde hacen que la tensión resuene en nuestras cabezas y corazones sin hueco para el olvido y por supuesto, logró lo que pretendía que posteriormente la musicología ha estimado llamar Silencio Trascendente.

 

Parecida técnica de composición, aplicada a circunstancias diferentes a tenor del momento y de la arquitectura musical de la pieza en cuestión, darán lugar a denominaciones de silencios: de presentación, de tensión, de preparación, de expectación, de lamento y de continuación.

Hasta aquí, he tratado brevemente del uso que la Música hace del Silencio para, junto con los sonidos afirmar su vocación de arte sonoro; pero en el espectro de esos silencios “relativos” que mencionaba al principio, son una parte importante los que implican a los oyentes o público receptor de cualquier música y precisamente en eso me quiero detener ahora.

Decía Antonio Muñoz Molina en su artículo de opinión recogido en la revista musical Scherzo (abril 2013) lo siguiente: “A uno le gustaría a veces que quienes aprecian tanto la Música apreciaran un poco más el silencio. El silencio alrededor de la Música (antes, durante y después) importa tanto como el espacio tipográfico en blanco alrededor de un poema”.

 

Los gestos previos o forma de mirar de un director musical o intérprete, nada más aparecer en escenario, nos invitan a los oyentes a observar ese clima de ausencia sonora necesario para advertir el comienzo de la Música, ese arranque de algo donde no había nada, la primera nota del primer compás diríamos que aún fronterizo. Igualmente, hace falta silencio para captar con toda plenitud las respiraciones y pequeñas pausas instrumentales y por supuesto para diferenciar los diferentes movimientos o partes de una compleja composición musical. Y… más silencio aún para cobrar la auténtica conciencia del final de una obra, para permitir que la resonancia se vaya apagando lentamente en nuestras conciencias y nos permita distinguir claramente el antes y el después, la diferencia entre el refugio interior de la Música (siempre íntimo) y lo cotidiano del mundo exterior.

En este último aspecto, sobre la observancia del silencio trascendente (el del final de una obra musical), hay verdaderos profesionales de la Música que actúan con una fuerte vocación pedagógica; uno de los que más llama mi atención como seguidor de este arte es Claudio Abbado. Casi todas sus interpretaciones, cuando llegan a ese punto, van acompañadas de una gesticulación siempre sobria y anticipadora del recogimiento y quietud necesarios para permitir: al público, a sus compañeros de interpretación e incluso a él mismo que la obra consumada repose conforme a las leyes de la naturaleza y por esta razón, aunque algunos no lo entiendan e incluso lo tachen de “divo”, se niega a girarse de inmediato al público para recibir su veredicto hasta transcurridos uno o varios minutos cuando las vibraciones finales se han disuelto por completo y la reverberación sonora ha finalizado su cometido acústico en la sala en cuestión.

Coincidirán conmigo en que escasas veces (tratándose de conciertos en directo y del estilo que sea) podemos disfrutar con plenitud de este bello y necesario momento al que me estoy refiriendo; lamentablemente, lo normal, es que comencemos a manifestar nuestro acuerdo o desacuerdo con lo que acabamos de oír sin haber concluido ese espacio de tiempo que ocupa el llamado silencio trascendente; bien con palmas, toses, bravos, etc., algunos, producto de las prisas de esta sociedad a la que nos debemos, cuando llega ese momento, se encuentran ya en la calle habiéndose privado y contribuido a que nos privemos otros, de una de las partes más importantes de la obra musical por excelencia.

Puesto que estamos rodeados de una sobreabundancia de aturdimientos sonoros ¿no deberíamos esforzarnos en aprender a disfrutar del temperamento de los silencios?.

El silencio lo contiene todo: pasión, expresividad, calma, indiferencia, tensión, relajación, sorpresa, vacío, plenitud y previsión.

Recapacitemos sobre cuánto podemos enseñar y aprender fomentando el silencio y facilitemos esta bella y noble tarea, seguro que mejoraremos como seres humanos y de paso seremos mucho más felices en nuestras vidas.

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En la foto Abbado un gran pedagogo del silencio en la música.

Primavera pandémica de 2021.

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