
Disculpen, soy consciente de que les puedo resultar reiterativo pero me sale la «vena» mahleriana y no puedo reprimir mostrároslo cada vez con más insistencia.
La filosofía que impregna nuestra vida actual no se presta, a mi juicio, para eternos aprendices ya que se exige para serlo, una dedicación en la rama profesional que quieran, que hoy muy pocos están dispuestos a desarrollar, evidentemente salvo raras excepciones y que afortunadamente algunas encontramos.
Pero, mi personaje de hoy y de ocasiones ya pasadas, sí fue un ETERNO APRENDIZ.
Y, como era habitual en él, no escatimaba declararlo públicamente:
«Para estar donde hay que estar hay que ser un eterno aprendiz» (Gustav Mahler)
Y, como prueba de sus acostumbradas sentencias, me pregunto:
¿Por qué, corregía insistentemente sus trabajos sinfónicos a no ser por su afán de aprender?
¿Por qué, hacía pequeñas correcciones en partituras de Don Luis van Beethoven cuando las interpretaba como director, ganándose viscerales críticas de los antisemitas de turno a no ser por su afán de aprender?
¿Por qué ese afán de dotar las representaciones operísticas de la mayor excelencia posible si no es producto de aprender?
¿Por qué idear instrumentos de percusión no conocidos pero que llenaban de significado sus trabajos sinfónicos?
¿Por qué ese desatino en saber de: filosofía, literatura, pintura, naturaleza, etc., para mejorar su cultura?
Cualquiera que, conozca las preocupaciones intelectuales de Mahler, comprenderá que, aunque viviera en esta sociedad que hoy disfrutamos nosotros, él muy gustosamente seguiría siendo un ETERNO APRENDIZ, su instinto de perfeccionamiento tan elevado así se lo apremiaría.
Como despedida y hasta pronto, los que jamás hayan escuchado su Adagietto de su quinta sinfonía o su Adagio de la 3ª que lo hagan por favor porque seguro que comenzarán a entrar en el mundo MAHLER.
Primavera 2024.
