
“En ocasiones la música tiene el poder de reavivar los recuerdos con tal intensidad que a uno hasta le duele el corazón”
(H. Murakami en “Hombres sin mujeres”)
Si hacemos un repaso a nuestra vida, esa que ya hemos vivido, nos percataremos que cualquier época de ella está profundamente unida a un tipo de música, a una canción o a una melodía que nos ayuda a recordar y nos acompaña desde la infancia hasta la madurez, sonorizando, podríamos decir, nuestro desarrollo en la sociedad.
Pero, por qué es esto así en todas las culturas y en todos los humanos?

Según los investigadores de este campo, porque la música es totalmente diferente en su forma de archivarse en el cerebro, hay lugares en el cerebro en los que solo se guardan sonidos y si estos son agradables por su naturaleza o porque vayan acompañados de imágenes con fuerte matiz emocional entonces no hay quien pueda con ellos, ni siquiera el Alzheimer como ya fue demostrado.
Parece ser que a partir de las 24 semanas el feto comienza a oír pero distinguiendo ya los diferentes timbres de quienes hablan, cantan o reproducen música y estas posibles audiciones, si los padres han tenido la paciencia de facilitarlas, contribuirán a que ese nuevo ser, cuando nazca, siga recordando y distinguiendo los diferentes sonidos hechos música que le llegaron siendo un feto.
Esto, que puede parecer raro, se sometió a investigación en el Reino Unido y para ello, colocaron a diferentes niños de corta edad entre dos altavoces, uno de ellos reproduciendo música que sus padres les ponían cuando eran fetos y el otro altavoz reproducía una música que jamás habían escuchado. Todos los niños sin excepción giraban sus cabecitas hacia el altavoz en el que sonaban sus músicas, el otro altavoz no conseguía ninguna mirada.
Para asegurar el diagnóstico del experimento captaron niños que en sus etapas de fetos, sus padres no les pusieron asiduamente música y el resultado fue que estos niños igual giraban sus cabezas a ambos altavoces, sin fijar su atención a ninguno de ellos.
Está claro pues, que la música es harto especial para los humanos sin distinción de ningún tipo excepto los llamados “amusicos” que por razones aún sin estudiarse (dado el escaso número que representan) no pueden gozar de ella.
Decía al hablar del archivo de la música en el cerebro que,cuándo va acompañada paralelamente a emociones o imágenes muy agradables, forman una huella con enormes posibilidades de que jamás desaparezca del cerebro durante toda nuestra vida por larga que esta sea.
Tengo personalmente dos casos en mi vida que jamás se me borran: uno la sensación tan maravillosa al ver y escuchar en la parroquia de mi pueblo el sonido que salía de aquellos, para mí, grandes tubos del órgano, sonidos que más tarde pude saber que eran de Juan Sebastián Bach; el otro caso ocurrió y se grabó en mis neuronas la primera vez en mi vida que bailé agarrado (como se hacía antes) a una chica de mi clase y para embellecer el recuerdo, la orquesta de turno interpretaba la canción de Peppino di Capri “Melancolía”, fue tan bello este recuerdo que la canción tiene un lugar de honor en mi discoteca.
Seguro que vosotros, los posibles lectores del presente, tendréis muchos recuerdos ligados a la música de los que no podéis desprenderse e incluso dejar de recordarlos de vez en cuando. Siendo esto así para todo el genero humano lo es también para los compositores que hacen su trabajo para nosotros los oyentes y entonces me pregunto: cómo es posible que algunos “iluminados” critiquen a estas personas por hacer en sus obras alusiones a sus recuerdos personales vividos en sus infancias?.
Mi siempre admirado Gustav Mahler fue durante su vida muy criticado por este motivo ya que en gran parte de su música hay recuerdos íntimos de su infancia y que algún día abordaré en otro trabajo.
Conclusiones de estudios recientes afirman: “la música no solo nos puede hacer mejores personas, sino que nos hace más inteligentes”. Vale entonces la pena dedicarle el tiempo posible bien sea interpretándola o escuchándola, mejor las dos cosas juntas si posible fuera; ah! Y no hace falta ser un virtuoso para ello.
