LA DIRECCIÓN DE ORQUESTA, ¿EN CRISIS?

 Portada de Farkas

“Dos notas musicales juntas deberían contar una historia.”

(Frase extraída del libro “Paralelismos y paradojas” Daniel Barenboim)

 

 

 

Norman Lebrecht, en su curioso y hasta polémico libro de 1991: “El mito del maestro” (Acento editorial, en estos momentos edición agotada) presagia en sus últimos capítulos una profunda crisis en la dirección de orquesta; en la pág. 381 del libro, cita textualmente: “el futuro de la dirección de orquesta no ha aparecido nunca tan negro, con tanta abundancia de interpretaciones superficiales y una alarmante carencia de jóvenes. Si las tendencias actuales persistieran, al inicio del próximo siglo habría una docena de orquestas internacionales con el podio vacío. Para sobrevivir como arte, la música de concierto deberá adaptarse de prisa, ya sea volviendo a obras más reducidas interpretadas por orquestas de cámara sin director, o delegando en otros gran parte de las funciones del maestro.”

 

Hemos superado ya el cuarto de siglo desde que el ilustre periodista musical y escritor vaticinara su catastrófica opinión sobre el asunto. ¿Se han cumplido sus predicciones? ¿Hasta qué punto? ¿Existen en la actualidad fundadas expectativas para el resurgir de esta digna profesión artística-musical?. Estos interrogantes, ocuparán mi atención en el presente post.

 

Para mí, –aficionado que dedica mucho tiempo a la música, pero repito: aficionado—el londinense Lebrecht, que a menudo suele caer en la exageración, no ha podido ver cumplidas sus predicciones al cien por cien en lo relativo a la dirección orquestal. Es cierto que el siglo XXI ha supuesto una considerable merma en la calidad de los directores de orquestas, merma en parte provocada por la sustanciosa cantidad de directores con maestría indiscutible que en los últimos años vieron truncadas sus vidas como consecuencia de la muerte: Bernstein, Solti, Giulini, Abbado, Harnoncourt, Boulez, Kurt Masur, Lorin Maazel, Marriner,

George Pêtre, Rostropovitch, etc. Es cierto que las bajas antes citadas más las que me puedo dejar en el tintero, no han encontrado una renovación total de igual calidad con las jóvenes generaciones de directores; sí, hay casos deslumbrantes entre los jóvenes:Dudamel, Andris Nelsons y Kirill Petrenko entre los más llamativos, pero no podemos obviar que los tiempos son otros, que el entramado musical actual es muy diferente a los siglos anteriores y las exigencias de los públicos a consecuencia de una mejor formación también es mucho más estricta.

 

Sobre expectativas futuras, quiero ser más optimista que Lebrecht, es cierto como dice él, que la enseñanza de esta disciplina artística en los conservatorios está en manos de un profesorado poco exigente, muchos de ellos “tocados” por el fracaso en el ejercicio profesional de la batuta pero también es cierto que la metodología así como los medios pedagógicos han mejorado mucho en los últimos tiempos. Hay excelentes Escuelas y Universidades para la formación de buenos profesionales pero disponen de muy pocas plazas libres luego son muy exigentes en la selección de los alumnos; de todas formas la mejor escuela para esta profesión es la constante práctica y ésta, a consecuencia de la crisis económica ha sufrido un revés (raro es el día que no muere una orquesta por falta de ayudas) contribuyendo a empeorar la cuestión.

 

Hay un aspecto preocupante en la profesión del que continuamente se hacen eco los medios especializados denunciándolo: se trata de la proliferación de nuevos directores (generalmente maduros) cuyos orígenes devienen de haber sido previamente excelentes instrumentistas, curtidos durante muchos años en los atriles de buenas orquestas y que atraídos por los aceptables honorarios de los directores, se embarcan en este buque artístico pero sin molestarse siquiera en recibir las mínimas lecciones magistrales que requiere la profesión y por consiguiente, además de hacer el ridículo personal contribuyen al deterioro de la profesión. Podría, si fuese el caso, dar nombres y apellidos de los muchos de esta especie que existen en el mercado musical pero puede que les otorgase, si lo hiciera, una publicidad que no merecen en absoluto. Este fenómeno, harto frecuente hoy, le da toda la razón a Lebrecht cuando a este tenor dice: “que la dirección más que nunca está sobrecargada de interpretaciones superficiales con alarmante carencia de jóvenes.” Y, personalmente, añadiría: no sólo interpretaciones superficiales que ya es grave, sino de gestos impropios dentro de la profesión que no son adecuados como mensaje para los músicos y que estéticamente pertenecen más al mundo del deporte o si me apuran a lo estrictamente de circo. Sería conveniente e incluso justo que el aficionado diera la espalda totalmente a este tipo de personajes para que se fueran erradicando de la vida musical a la que dañan por mor del dinero.

 

Coincido con Ruiz Mantilla cuando dice en uno de sus artículos: “el director del siglo XXI debe irradiar un doble carisma (hacia el público y hacia los músicos)”. Puede por consiguiente que esta nueva observación, sea un impedimento a la hora de emerger nuevas figuras de la dirección porque si bien los medios y las escuelas han mejorado notablemente en lo técnico, la empatía público-director es algo muy personal y especial y no hablemos ya de ser, ante sus compañeros músicos, un auténtico líder con un gran carisma para conseguir los mejores efectos porque en esta profesión hoy, no basta con ser un lumbreras en lo musical, hay perfiles personales al margen de la música que tienen que casar con lo estrictamente profesional para poder conseguir los objetivos determinantes.

 

Por fin, en estos tiempos, se da otro fenómeno bien recibido del que poco pudo ocuparse Lebrecht en su ya citado libro: la cada vez más ansiada incorporación de la mujer a esta profesión. Si desde el siglo XX hacia atrás resultaba anecdótico ver a una señora en un podio o en las editoriales sus nombres como compositoras (recuerdo que algunas tuvieron que ponerse nombres de hombres para que publicaran sus obras), hoy con lentitud, pero se dan casos por cierto, algunos de ellos con notable éxito dadas las especiales sensibilidades de la mujer para las artes y que por otra parte las artes, menos mal, no entienden de sexo.

 

Bienvenidas sean estas referencias que parecen iniciar el exterminio del machismo musical tantos siglos regente aunque lamentablemente hay que reconocer que sus flecos permanecerán muchos años más.

 

He creído oportuno iniciar el presente tema con la probablemente exagerada frase de Daniel Barenboim que enfatiza su opinión sobre la dirección de orquesta actual cargada de interpretaciones vacuas; personalmente, echo de menos esos artistas llamados directores que con los materiales que ponen en sus manos los compositores son capaces de contarnos historias y lo que es importante, que esas historias en sus maneras de contarlas nos conmuevan a los que acudimos para recibir sus mensajes. Observo que hoy, por todos los escenarios del mundo, sobran gestos y poses en los podios y sin embargo hay un gran hueco en pasión y entrega verdadera. Se que la pasión y entrega verdadera supone mucho trabajo más de lo que las gentes cree y el modelo actual de vida (prisas, estrés, dinero rápido y fácil) no es el mejor aliado para directores de este cuño. No obstante, a pesar de estos malos presagios personales así como los que apunta Lebrecht en su agotado libro, esto tendrá enmienda y la dirección de orquesta nos volverá a dar artistas similares a algunos de los que he citado anteriormente y que recientemente nos dejaron.

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Os dejo con esta foto del Maestro Barenboim, que además de ser un pianista excepcional, de fama mundial, se empeñó desde muy temprano, en ser un buen director de orquesta pero, a diferencia de otros, aprendiendo la profesión durante años con excelentes maestros seguro que por eso, Daniel, no hace el ridículo con una batuta.

 

 

José Manuel Macias Romero

Primavera 2017

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