LA MÚSICA EN EL CASTILLO DE LA MUERTE.

Portada de Farkas

 

 

 

 

Antes que nada, las gracias a JOHN ELIOT GARDINER, si una autoridad musical de primer orden como él, tuvo a bien titular su magnífica obra sobre Johan Sebastian Bach: “LA MÚSICA EN EL CASTILLO DEL CIELO”, ¿por qué, un aficionado como yo, si me apetece opinar de MAHLER no voy a poder titular mi post: “LA MÚSICA EN EL CASTILLO DE LA MUERTE?. Reconozco cierto toque tétrico para el título pero encontrarán razones.

 

La ortodoxia freudiana (en la actualidad no del todo superada a pesar de los nuevos enfoques de la psicología actual) pone especial énfasis dentro de la búsqueda de los síntomas y los cuadros clínicos; el psicoanálisis analiza y profundiza el desarrollo y las situaciones vividas o fantaseadas en la infancia, donde quiere encontrar las claves de los comportamientos adultos-futuros.

Esta pequeña incursión psicológica-freudiana que me acabo de permitir, es para mí la que dota de cierto sentido al tema que me propongo abordar y que no es otro que las relaciones entre GUSTAV MAHLER y la MUERTE.

Si es cierto, lo que decían FREUD y sus escuelas, MAHLER tenía grandes motivos para reflejar tanta muerte en forma de notas musicales durante su corta vida y a ello voy:

Marie, su madre, dio a luz catorce veces ( 3 hembras y 11 varones), siete de estos hermanos mueren antes de cumplir dos años (aunque hoy parezca exagerado era normal a finales del siglo XIX por la precariedad de la medicina). La muerte hasta cierto punto lógica de sus padres, si bien la de su madre (el ser que más quería) le supuso una gran pesadilla al no poder asistir a su entierro. Su hermano Otto, al que GUSTAV dedicó mucho tiempo y dinero para su formación, acabó suicidándose a los 21 años y dejando una nota que Mahler recordaría cada vez que cualquiera de sus obras fracasaba en el estreno, caso éste último muy frecuente. La nota de Otto, tenía su enjundia: “La vida ya no me divierte, devuelvo la entrada”, algo propio del

exacerbado romanticismo de la época.

Su hija mayor, Maria Anna (Putzi), murió poco antes de cumplir 5 años víctima de escarlatina maligna y difteria. Esta muerte fue la más atroz de todas la vividas por el personaje que le sumió en un profundo cuadro depresivo. Sin salir del túnel que le provocó la muerte de su ser más querido, fue diagnosticado de un gravísimo problema cardíaco con pocas expectativas de vida para el futuro.

Con esta ingente mochila a cuestas, repleta de muerte, no tiene nada de extraño como dice Naguib Mahfuz, que la crueldad de la memoria de Mahler se manifestara reiteradamente en recordarle tanta muerte como había acumulado a lo largo de los años y dispersa en su imposible olvido.

Cuando había compuesto sus dos primeras sinfonías, escribió a su compañera de estudios (violinista) Natalie:

“Mis dos sinfonías expresan toda mi vida. En ellas

         he volcado todo lo que he vivido y sufrido, son ver

         dad y poesía hechas música. Quien sepa escuchar

         bien, descubrirá mi vida entera”.

Y, no es azar el hecho de que en las dos se hable de muerte, de acuerdo que con matices diferentes pero en definitiva de muerte.

Si, cada uno de nosotros mantenemos de forma más o menos esporádica nuestro propio dialogo con la muerte, el de Gustav Mahler ha quedado para la eternidad pero en forma de notas musicales que a medida que pasa el tiempo cobran mayor protagonismo y relevancia artística musical. De este testamento mortífero-musical que nos ha legado Gustav, personalmente destacaría tres obras por su redondez artística ligada a su madurez: la 9ª sinfonía, el Adagio de la incompleta décima y La Canción de la Tierra de la que dijo Shostakovich:

Si sólo dispusiera de una hora de vida no dudaría

         en emplearla en escuchar el Adiós (último movi-

         miento) de La Canción de la Tierra.”

 

Estas para mi tres obras, contienen un fuerte hedor a muerte pero están tan bien construidas, una orquestación tan amplia y bien lograda que aunque Mahler no lo creyera o llegara a dudarlo, sus oyentes las podemos soportar y hasta en ciertos momentos refugiarnos en ellas para nuestro personal alivio espiritual. Es sabido que el mismo, refiriéndose a La Canción de la tierra, le pregunto a su alumno preferido Bruno Walter ¿de verdad crees que las gentes podrá soportar esta música sin causarle trastornos?.

También, sin necesidad de ser musicólogo, se detecta muerte en su 2ª, 5ª, 6ª y 8ª sinfonías y de forma ya descarada en sus canciones a los niños muertos (Kindertotenlieder) con poesías de Ruckert y que dieron lugar a su comentario a Natalie:

“He sentido dolor al escribirlos, como lo siento

         por el mundo que un día tendrá que escucharlos;

         tan triste es lo que dicen.”

 

Y…con este mismo propósito comentaría su esposa Alma:

“Puedo entender muy bien que se compongan textos tan terribles si no se tienen hijos o si se ha perdido alguno.(…) Pero no puedo comprender que se cante la muerte de niños cuando, media hora antes, se los ha estado besando y acariciando, alegres y sanos.”

 

Razonable la expresión de su esposa Alma pero para mí, muy razonable también la fijación de su marido Mahler con la muerte en sus obras.

Fue tan habilidoso en su construcción musical que a veces trataba a su inseparable muerte con burla y sarcasmo pero no podía olvidarse de ella porque con ella convivió a lo largo de su corta vida (51 años).

Es incuestionable que la vida y obra de este genio estuvo marcada por la muerte así como la de Beethoven estuvo marcada por el destino; si estas circunstancia no hubieran ocurrido, seguro que estos grandes artistas se hubieran buscado otros motivos para dar riendas sueltas a sus impulsos creativos, esos que portaban en sus genes y que les han hecho únicos en la historia de la música.

No ha sido gratuita mi cita en el presente trabajo de Freud y al comienzo del mismo, porque con lo que no contaba Mahler, de hecho se resistió todo lo que pudo (anuló varias citas) antes de verse con el psicoanalista el 25 de agosto de 1910 a raíz de una fuerte impotencia sexual (probablemente causada por sus trastornos cardíacos) que le estaba alejando de su esposa Alma a pasos acelerados. El encuentro, que tuvo lugar en Leiden (Holanda) en pleno paseo por la calle, le sirvió al músico para ahondar en sus raíces y obtener una leve mejoría en su complicada patología mental en la que una vez más la muerte era una de las estrellas favoritas.

José Manuel Macias Romero.

Verano 2018.

        

                                  

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