LA EXPRESIVIDAD GESTUAL EN EL MÚSICO, INDISPENSABLE PARA TRANSMITIR CON ÉXITO.

«En los lugares suaves y tristes, el músico debe convertirse en suave y triste. Su propia expresión será suficiente para hacer escuchar y ver al auditorio.»

(CARL PHILIP E. BACH, siglo XVIII)

La experiencia dice que, los conservatorios o escuelas de míusica nos enseñan a tocar los diferentes instrumentos y a conocer sus recursos técnicos para una interpretación correcta pero, no enseñan nada o muy poco sobre la presencia del músico en escena ni del repertorio textual expresivo para que el mensaje llegue a los posibles oyentes lo más claro posible y lo que es más importante: con la carga emotiva adecuada para hacer «vibrar» a los destinatarios del mismo.

A finales del siglo XIX y principios del XX es cuando se empieza a tomar conciencia y poner remedio a este deficit expresivo musical. Fue GUSTAV MAHLER uno de sus más destacados impulsores con el fin de dar credibilidad y autenticidad a toda la bibliografía operística de la época; no olvidemos que antes de que MAHLER iniciase este nuevo enfoque, los actores vocales en las óperas, eran meras estatuas en escenas, correctos en las emisiones y entonaciones de notas pero petrificados e inmutables en el escenario. Cuando intervenían los coros, más de lo mismo, bellas fotografías carentes de plasticidad. Con este panorama, resultaba igual de interesante quedarse en casa para oír el concierto por radio que ir al teatro para presenciarlo, en ambos casos faltaba el poderoso ingrediente de la riqueza gestual expresiva.

Las pretensiones de MAHLER en pos del espectáculo «total», hicieron que naciera una figura hasta entonces desconocida: el Director de Escena (finales de 1800 en adelante). A falta de una escuela de expresión gestual, comienza a ser responsable de este cometido el Director de Escena. Todo bien pero, pensado para mejorar expresivamente a los intérpretes de voces, el resto, los portadores de instrumentos musicales, seguían siendo en todos los escenarios hombres o mujeres de piedra detrás de un instrumento, incapaces de dar rienda suelta a su expresividad corporal conforme a sus propias emociones interiores y acordes con las obras que ejecutaban.

La sociedad musical de la época, estaba autocensurada hacia todo lo que fuese movimiento expresivo del músico en escena; hasta el punto de que se ridiculizaba e incluso marginaba a todo aquel intérprete que intentaba transmitir poniendo además de su sonido su cuerpo y sus gestos de forma sincronizada al servicio de la obra musical. En la sociedad de mediados del siglo XX se criticaba con rigor a quienes con una: flauta, viola, clarinete, violina, etc., exhibían en el escenario algo más de los movimientos y gestos necesarios para tocar su instrumento en cuestión; esta crítica crecía aún más para aquellos que hacían música sinfónica o de cámara, sólo a los directores de orquestas se les permitía alguna licencia al respecto.

La corriente social anti-gesto, anti expresión corporal en definitiva, comenzaba a tener sus días contados porque los músicos y la sociedad comenzaban a aceptar con normalidad la «teatralidad» bien entendida que lleva implícita como su ADN una composición musical en su ejecución con el fin de trasladar de forma correcta la diferente gama de emociones que el compositor ha vaciado en la obra.

Y así, no tardarían en aparecer músicos que todos identificamos con una riqueza gestual y expresiva bastante notoria: LEONARD BERNSTEIN compositor, pianista y director de orquesta) CARLOS KLEIBER,

MITSUKO UCHIDA Y FRIEDICH GULDA por citar ejemplos famosos.

Como no es fácil en la vida encontrar ese punto exacto que algunos filósofos llaman «virtud», resulta que algunos intérpretes y por qué no, aficionados, se han pasado o pasan de rosca, dando lugar a lo que Eduardo Galeano bautizó como la «cultura del envase» (dar más importancia a lo superfluo que a la esencia del mensaje); de este modo, asistimos, en ciertos eventos musicales a ver una colección de gestos o mimos que casi nada tienen que ver con el contexto emocional que el compositor diseñó y cuidó para su obra. Harto frustrante resultan estas situaciones pero de ellas, lamentablemente, algunos sacan extraordinarios rendimientos porque encuentran a públicos más ávidos de la ostentación y lo vano que de lo realmente trascendente.

Sigue habiendo también, quienes a pesar de la apertura del gesto y la expresividad corporal, perseveran continuar como adoquines en el escenario; pudiera ser que estos últimos hayan tomado conciencia de que combinar una excelente emisión de sonido con gestos y movimientos del cuerpo adecuados, es un arte que no se aprende tan fácilmente y en el que la genética tiene mucho que decir, siendo ésta la que falle en algunos casos, muy a pesar del esfuerzo que puedan emplear los docentes.

Pienso por tanto que en música, el gesto, la mirada, el movimiento, el cuerpo en definitiva, tienen que ir perfectamente armonizados con los sonidos, con el carácter de la obra, con las intenciones declaradas o escondidas del autor-compositor y si me apuran, hasta como decía al principio Carl Philip Enmanuel Bach: acorde con el lugar en el que sucede el acontecimiento musical.

Como testimonio de mi identificación con un tipo de gesto musical razonable, elegante, mesurado, en el que nada es gratuito o superficial sino meditado control en los movimientos para que los oyentes puedan sacar el máximo rendimiento de la obra, os dejo con un recuerdo de CLAUDIO ABBADO en uno de sus últimos ensayos con los que el llamaba sus amigos, su Orquesta del Festival de Lucerna. Se cuenta, que en cierta ocasión aconsejó con estas palabras a un joven aspirante a la dirección orquestal:

«Si, de verdad quieres sentirte a gusto dirigiendo una partitura musical y conseguir que el público se implique en tu bello trabajo, aprende íntegramente de memoria la partitura. Tu memoria te permitirá entonces liberarte en el podio de la tiranía del papel y de este modo podrás dar rienda suelta a tus gestos y a toda tu expresividad».

Una manera de entender la música la de CLAUDIO ABBADO, que algunos críticos, en ciertos momentos, tildaron de excesivamente fría e intelectual pero que, cada día, gana más adeptos y que hace escuela ya que muchos hoy aprenden de memoria sus obras y practican además el importante silencio final para que los últimos acordes reposen adecuadamente en la sala en cuestión.

Te dejo una foto del maestro ABBADO expresando uno de sus muchos gestos.

Otoño 2022.

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